domingo, 4 de enero de 2026

LECTURAS DOMINICALES

Una empresa familiar venezolana encuentra su segundo hogar en Panamá

Por: Natalia Roldán Rueda

El incendio comenzó con una pequeña chispa en la zona de comercio libre del norte de Panamá. Cuando alguien lo notó, las llamas ya se habían extendido sin control. Primero consumieron una bodega, luego otra, hasta llegar al depósito del migrante venezolano Ricardo Contreras. Dentro de esos 3.000 metros cuadrados había miles de productos eléctricos. Durante dos días, él y su familia lucharon contra el fuego y el humo, haciendo todo lo posible por detener la destrucción, pero al final lo perdieron todo.

“No llovió en absoluto esa semana”, recuerda Ricardo. “Los bomberos no tenían agua para apagar el fuego, así que tuvimos que alquilar camiones cisterna y traer agua desde la capital. Hay videos de mi papá llorando, agarrándose la cabeza desesperado. Teníamos casi todo nuestro capital invertido en esa bodega”. 

Hoy, Ricardo cuenta esa historia con una calma sorprendente, como si la viera desde la distancia. El impacto ya pasó y fue reemplazado por aceptación. Para él se ha convertido en un capítulo más del largo camino compartido con su padre, también llamado Ricardo, quien fundó la empresa hace 36 años en Caracas. Lo que comenzó en Venezuela hoy opera en Ciudad de Panamá, desde donde distribuyen más de 6.000 productos eléctricos a lo largo de América Latina y el Caribe. 

Emprender significa darle vida a algo propio, y Ricardo y su padre conocen muy bien el peso de esa responsabilidad. A veces implica arriesgarlo todo y, en ocasiones, perderlo todo. Para las personas migrantes, estos riesgos son aún mayores, ya que deben navegar sistemas de importación desconocidos, normas aduaneras y procesos legales nuevos. 

Aun así, para Ricardo nunca hubo duda de que serían capaces de renacer. “Como teníamos oficinas en algunos países, pudimos comenzar de nuevo poco a poco”, explica. “La vida te golpea fuerte, pero también te enseña. La clave es la perseverancia, nunca rendirse. El conocimiento ya lo teníamos, y nadie puede quitarte eso.” 

Hoy, su empresa es un punto de encuentro para oportunidades compartidas. Dentro de sus instalaciones, migrantes y panameños trabajan codo a codo, aportando ideas, habilidades y ambición. El negocio prospera gracias al esfuerzo colectivo, y Panamá crece junto a quienes ahora la llaman hogar. 

Ricardo tenía solo 13 años cuando se unió por primera vez al negocio familiar. Su padre, quien trabajaba en construcción, había notado que casi todos los materiales que usaba venían de Taiwán. Al ver una oportunidad, llevó al joven Ricardo a la Embajada de Taiwán en Venezuela. 

“Cuando llegamos, pedimos las páginas amarillas y empezamos a buscar empresas”, cuenta Ricardo entre risas. “No podíamos sacar fotocopias o arrancar páginas, así que anotamos en una libreta los nombres y números que consideramos que podían tener potencial. Así encontramos a Camsko, nuestro primer proveedor.” 

Esa visita sentó las bases de lo que se convertiría en su empresa de importación y distribución, especializada en productos eléctricos de media y baja tensión. Estos pequeños y confiables productos permiten que los edificios funcionen de forma segura, ayudan a llevar agua a los pisos altos y protegen los electrodomésticos durante fluctuaciones de energía. 

Comenzaron distribuyendo productos de varias marcas y luego registraron la suya propia: Camsmark. Entrar al mercado fue difícil. Muchas personas dudaban de la calidad de los productos asiáticos en ese momento, así que la familia trabajó sin descanso para demostrar su fiabilidad. El punto de inflexión llegó cuando lograron alianzas con dos de las empresas más grandes de Venezuela. 

A partir de ahí, su crecimiento fue constante. Ni siquiera la compleja situación económica del país, que dificultó enormemente el comercio, logró frenarlos. Cuando operar desde Venezuela se volvió insostenible, se expandieron nuevamente, esta vez cruzando fronteras. En poco tiempo habían abierto oficinas en Panamá, Colombia y República Dominicana. 

“Migrar no es fácil y no es para todo el mundo”, admite Ricardo. “Uno llega a un lugar y todo es distinto: las costumbres, la comida, la forma de pensar.” Aun así, él y su familia se adaptaron a cada país que los recibió. Sonríe al recordar su tiempo en Colombia. “Me enamoré de Medellín, tanto que ahora tengo un hijo paisa”, dice, usando el término local para las personas de esa ciudad. 

Su otro hijo nació en Panamá, donde la familia decidió finalmente instalarse y administrar sus operaciones. “Ahora me siento como pez en el agua, feliz y en paz. Panamá es un centro perfecto para nuestro negocio, estratégicamente ubicado para mover productos por todo el mundo.” 

En Panamá conocieron a la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que les ayudó a seguir avanzando. Gracias al apoyo recibido, pudieron viajar a la Feria Internacional de Santa Cruz, en Bolivia, uno de los eventos comerciales más importantes de Sudamérica. “Fue inesperado e inspirador”, cuenta Ricardo. “Aprendí otra forma de hacer negocios, lejos del mar, y conocí a emprendedores de todas partes.” 

Mirando hacia atrás, Ricardo dice que el secreto de su éxito va más allá de la perseverancia y el compromiso familiar. Para él, siempre se ha tratado de vender experiencias más que productos. 

“Nuestro objetivo es resolver los problemas de nuestros clientes”, explica. “Ayudar a la mujer que llega frustrada porque se le daño ese “cosito” que no sabe ni como se llama. Ofrecerle una alternativa al señor que pide algo que no tenemos, para que no pierda el día atrapado en el tráfico buscándolo.” 

De acuerdo con un estudio realizado por la OIM en 2022, migrantes como Ricardo invirtieron más de 1.800 millones de dólares en Panamá durante una década y crearon alrededor de 40.000 empleos. Todos los empleados de Camsmark son panameños, y la familia reconoce su papel esencial en el éxito de la empresa, tanto así que financian cursos para que se especialicen y crezcan. 

“Como en cualquier país, hay desafíos”, dice Ricardo. “Pero tratamos de minimizarlos, colaborar con la comunidad, crear empleos, pagar impuestos, ofrecer soluciones inteligentes y rápidas, y seguir aprendiendo.” Se siente agradecido por lo que Panamá ha dado a su familia y confiado en lo que algún día ellos podrán devolver. “A donde vamos, aprendemos algo nuevo. Y un día volveremos a reconstruir nuestro país con todo lo que hemos aprendido en el camino.” 

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