viernes, 16 de enero de 2026

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Chuchitos, una tradición guatemalteca que se mantiene viva a través de generaciones

En un pequeño pueblo del municipio de Santa Apolonia, Chimaltenango, el día comienza en una cocina de leña donde se unen la memoria, la tradición y la supervivencia. De pie frente a una plancha que cruje suavemente al calentarse, Claudia Eugenia Chajchic amasa una pequeña bola de masa hecha con maíz criollo. Es maíz cultivado en su comunidad, maíz que su abuela de 94 años, Doña Nicolasa de Paz, usaba en su día, y maíz que ha dado forma a los chuchitos durante generaciones.

“Mi abuela me enseñó a hacerlas cuando tenía siete u ocho años”, recuerda. “Decía que había que aprender a darle la forma correcta a la bolita para que no se pegara y se mantuviera unida”. Ahora, sus manos repiten el movimiento con la seguridad de quien lleva un legado vivo.

Los chuchitos son un bocadillo común en Guatemala, pero para Claudia son mucho más que comida. Llevan recuerdos, cariño y un profundo sentido de herencia. Cada paso importa, desde elegir el maíz criollo por su sabor, hasta agregar la carne y la manteca, y doblar con cuidado la tusa (hoja de maíz) para que la salsa no se derrame. La salsa en sí es sencilla, hecha con tomate, sal, chile guaque y pimiento morrón, tal como le enseñó su abuela. "Ella ya no cocina, pero todo lo que sé viene de ella", explica Claudia.

Para ella, la diferencia entre un chuchito y un tamal es tanto práctica como cultural. A menudo descrito como el pariente informal del tamal, el chuchito se elabora con una masa sencilla con sal y manteca o aceite que no necesita precocción, se combina con salsa y carne, y se envuelve en hoja de maíz. Su función es clara: es un refrigerio.

Un tamal, en cambio, implica una mezcla más compleja de ingredientes como tomate, pimiento morrón, chile pasa (un chile seco), pepita de calabaza molida y ajonjolí, junto con una masa que debe cocinarse antes de envolverse en hoja de tamal (una hoja tropical grande, también conocida como maxán ). "El tamal es una comida formal", resume. "El chuchito no lo es".

La plancha de leña que tiene detrás no es solo un utensilio. Para Claudia, es un refugio emocional.

“El sabor es diferente”, explica mientras el humo con aroma a pino se eleva suavemente en el aire. “La comida cocinada a la leña tiene un sabor diferente. Mis abuelos la hacían así. En aquella época no había estufas, así que todo se cocinaba así. La vida misma era diferente”.

Hace cuatro años, Claudia tomó una decisión que cambiaría su vida. Salió de casa en busca de un futuro mejor para sus hijos, guiada por la necesidad y la esperanza. En cambio, se enfrentó a una dura realidad, marcada por el miedo y largos días sin comer. "Si alguien sobrevive a ese viaje, es porque Dios realmente lo quiere vivo", dice.

En el camino, se encontró pensando en hacer chuchitos, repasando mentalmente los pasos habituales, aunque sabía que nunca podría hacerlos lejos de casa. No había maíz criollo, ni tusa, ni estufa de leña, ni sensación de seguridad, ni hogar. Fue entonces cuando comprendió cómo incluso los sabores más sencillos pueden llegar a representar todo lo que más se extraña.

Cuando finalmente pudo regresar a Guatemala, la sensación fue abrumadora. "Regresé a mi casa, a mis hijos, a mi cocina. Fue como volver a la vida", dice. Recuperó sus sartenes, su masa, sus árboles de aguacate, sus perros —o chuchitos, como también se les llama a los cachorros en Guatemala— y su cocina de leña. Cada detalle, por pequeño que fuera, era prueba de que había regresado a donde realmente pertenecía.

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